| « ¿Por qué hay tanta escasez de buenos sacerdotes? | LA SINAGOGA, JUAN PABLO II Y BENEDICTO XVI » |
HAITÍ
El terremoto de Haití es una de las catástrofes más grandes de nuestro mundo contemporáneo. En estos días hemos leído cantidad de noticias y opiniones una más acertadas que las otras. Hemos visto también fotografías y videos de una crueldad inmensa. Hemos escuchado testimonios de buenas gentes que han intentado explicarnos lo que allí habían vivido como voluntarios y sus palabras cargadas de una inmensa bondad eran incapaces de darnos una dimensión exacta de lo acontecido.
Yo mismo debo pedir disculpas por intentar hablar de algo que no he vivido en persona, no obstante hasta donde pretendo llegar o transmitir creo que será suficiente con la documentación revisada. Me ha llamado mucho la atención las reiteradas expresiones de las personas que han vivido tan dramático acontecimiento mencionando, el olor que despedía la tragedia. Debe ser algo terrible, algo que se soporta y se convive pero también tengo la impresión de que nadie de los que han vivido este tremendo acontecimiento lo podrán olvidar a lo largo de su vida. Los olores son muy especiales y definen perfectamente las situaciones. El olor de Haití me lo imagino como un olor de dolor y desesperación también me lo imagino con un olor de esperanza de renacimiento.
Cuando he decidido escribir sobre este tema para compartir con vosotros mi pensamiento, era para comentar con la ayuda de la reflexión, la influencia de Dios en todo este asunto. Esta nueva catástrofe incita, como no, a preguntarse ¿por qué Dios lo ha permitido? Dios nada tiene que ver con todo esto. Para Él es un episodio que no está al alcance del entendimiento del ser humano. Nosotros vemos y juzgamos las cosas con nuestros limitados criterios, los más avezados incluso entran en conclusiones desviadas de la realidad. Bajo mi personal punto de vista, estamos ante un acontecimiento que solo podemos interpretarlo bajo la óptica de la fe. Los haitianos están dando un testimonio ejemplar, están rezando con enorme fervor sobre los escombros de las iglesias totalmente destruidas.
Estoy seguro que Dios les devolverá estos templos, y, a los vivos la certeza de reencontrarse con los suyos en la vida eterna. El olor irá desapareciendo y volverá a perfumar, junto con el aire caribeño este nuevo país que ya está resurgiendo de sus cenizas. Esta y no otras son y serán las obras de Dios.